Una visión plural del ballet oficial

Por Margarita Tortajada Quiroz en Libros
Thursday, 04 June 2015 00:00

El libro Las instituciones oficiales de la danza clásica y la producción coreográfica nacional 1963-2003 (INBA, 2014) de Cristina Mendoza es un trabajo de gran aliento. Lo inició hace años y creo que, como nos sucede a todos los investigadores, su fin no sólo era la documentación, historización, explicación, análisis y construcción, sino también ahondar en preguntas que tienen relevancia para ella y su vida. Se nos puede criticar que hagamos esto; es decir, que abordemos objetos de investigación de los que somos parte. Sin embargo, sabiendo que estamos en esa situación, no perdemos la objetividad (no del todo) y tenemos la oportunidad de llegar a mayor profundidad. Y eso lo logra Cristina.

Hace unos días se publicó una nota en el periódico Reforma en la que se ataca a la Compañía Nacional de Danza (CND). Seguramente quienes lo hacen no conocen este libro, el cual, de ahora en adelante, es una lectura obligada para emitir juicios respecto a esta institución.

Sobre este punto, el periodismo cultural y los cronistas, críticos, investigadores y “opinadores” de todo tipo, ya sean especializados o solamente amateurs, son una fuente necesaria para la historia de la danza; no podemos despreciarlos, ya que reflejan opiniones, creencias, supuestos y modos de ver del campo dancístico. Y es que efectivamente, todos ellos (cronistas, críticos, investigadores y “opinadores”) son parte de él y por tanto participan de la lucha interna por poder y prestigio. Es la razón por la que aparecen en el libro y nos dan las diferentes visiones que del Ballet Clásico de México y de la Compañía Nacional de Danza se han tenido a lo largo de 40 años.

Estas voces a veces son enemigas y otras cómplices; a veces comparten visiones y aplauden, y otras tienen una postura contraria; no hay garantía de objetividad y el hecho de que algo esté publicado no necesariamente nos habla de la “verdad”. Para empezar porque ésta no existe. Sin embargo, esas publicaciones son un testimonio más, muy poderoso porque queda escrito: deja una huella material (a diferencia de la danza misma).

Traigo esto a colación porque Cristina trabajó muchísimas de esas fuentes del periodismo cultural, pero también testimonios de los hacedores de la danza, los que tienen un conocimiento indudable; de los funcionarios que han estado involucrados hasta la médula; de los testigos, de los participantes y a veces, hasta del público (hay que reconocer la honestidad de muchos de esos testimonios, como es el caso del ingeniero Salvador Vázquez Araujo). Además de esto, Cristina trabajó con todo tipo de documentos (libros, carteles, programas de mano, archivos, documentos oficiales, etc.). A todos ellos los evaluó y les dio su importancia por la información que contenían, así como por su impacto y significado. Por el hecho de retomar todas las fuentes posibles y todas las voces, Cristina tejió un discurso plural que nos da un amplio panorama y nos permite reconstruir la historia.

El libro está dividido en dos grandes apartados: el Ballet Clásico de México y la Compañía Nacional de Danza. En ellas la periodización está en función del desarrollo propio de la compañía, lo cual se muestra en el capitulado.

Uno de los debates que aparecen permanentemente y que Cristina trata es la postura entre pasado y presente; es decir, la pertinencia del repertorio tradicional y el montaje de obras contemporáneas. Por supuesto que no es un debate concluido ni nunca podrá serlo, porque el ballet tiene raíces antiguas, pero se transforma, tanto técnica como coreográficamente hablando. Derivado en parte de esto, hay otra constante en la compañía: el impulso que se le ha dado o no a la formación de nuevos coreógrafos.

Una más es el reflejo de las políticas culturales de los diferentes regímenes. Como grupo representativo del Instituto Nacional de Bellas Artes (organismo gubernamental), la compañía muestra la visión que sobre la danza tienen los gobiernos en turno. Así que en la compañía toman cuerpo esas políticas culturales, pero no nada más. Los diferentes cauces que ha tomado también están en función de su contexto, de las necesidades expresivas de sus creadores (que no están desvinculadas del contexto), de las influencias extranjeras y de otros géneros danzarios y movimientos artísticos. A contracorriente, con ayuda de dichas políticas culturales o siendo ignorada, en la dinámica de la compañía subyace en todo momento un deseo de construir su identidad artística. Ésta, por tanto, tampoco es única y estática, sino que se halla en constante elaboración y reelaboración.

También con el libro podemos reflexionar sobre las instituciones que, como el INBA o la CND, no son aparatos inmóviles o entes despersonalizados. Son, al contrario, resultado de la labor y el empuje de sus integrantes. Por ello, la periodización que establece Cristina está en función de los directores del grupo, y le da apartados especiales a los coreógrafos, pues unos y otros son los que de manera más relevante le dan un “rostro”, una identidad, a las instituciones. También lo son las primeras figuras, pues el ballet implica, por su estructura jerárquica, un star system. Así que Cristina también les dedica un espacio a esas estrellas y primeros bailarines de la compañía. También menciona a los demás elementos solidarios, como diseñadores, compositores, regisseurs, maestros y demás partícipes de las dos compañías, que tienen gran importancia en el trabajo dancístico.

Queda claro en el libro el peso determinante del director. Si bien éste es parte del campo dancístico y refleja el contexto, influencias y expresión de la época y las políticas culturales, impone su visión o por lo menos le da su toque: su “estilo personal de gobernar”, en este caso, de dirigir. Así vemos a Clementina Otero y los varios directores bajo su gestión; los extranjeros Michael Lland, Job Sanders, Fernando Alonso y Dariusz Blajer; la figura preponderante de Felipe Segura durante años; la arrasadora llegada de Salvador Vázquez Araujo; la transición con Guillermo Arriaga y Patricia Aulestia; la actualización de Horacio Lecona; las brillantes innovaciones de Cuauhtémoc Nájera; la sapiencia de las primerísimas figuras y expertas en su quehacer, Susana Benavides, Sylvie Renaud y ahora Laura Morelos. Hay quienes tienen más o menos experiencia, pero eso no es condición para tener una postura renovadora. El ejemplo perfecto es Nellie Happee, que con toda la experiencia que ha acumulado, mantiene una visión joven. Ella, por cierto, tiene un papel importante como testigo y copartícipe de ambas compañías, y su voz crítica está presente en muchos momentos del libro.

Así que gracias al trabajo de Cristina podemos ver que ha habido todo tipo de directores: expertos, exigentes, amorosos, pragmáticos, sensibles, partícipes de la historia y el quehacer diario, pero todos comprometidos con la compañía. Sólo así se puede aceptar un puesto semejante.

No creo que los directores se vean a sí mismos como “burocracia cultural” porque muchos de ellos pertenecen al ámbito artístico, pero de hecho lo son porque forman parte del aparato estatal. Sin embargo, tienen una especialización (la danza y la administración), y se profesionalizan en ella para desarrollar su labor, que incluye pelear por presupuestos, buscarlos fuera de las instituciones oficiales y recurrir a la iniciativa privada, coordinar a los trabajadores (en este caso bailarines, maestros, coreógrafos, invitados, tramoyas, diseñadores, administrativos). Es complejo y supongo que desgastante (bueno, no sólo lo supongo, en el caso de Susana Benavides y Nellie Happee dan su testimonio al respecto).

Sobre la dirección, a partir del libro, surge una pregunta. ¿Qué es más conveniente, tener un solo director o directora durante largo tiempo para desarrollar y madurar una visión? Me refiero a casos como el de Jiry Kylian (director del Nederlands Ballet por décadas) o los Alonso en Cuba. O por el contrario, ¿es más conveniente cambiar sexenalmente o en menos tiempo? ¿Se hace así por el deseo o la necesidad de transformar, innovar, incluso democratizar? No tengo la respuesta, pero creo que hay que considerar la pregunta.

Algo más que es imposible dejar pasar. Las imágenes del libro de Cristina, que son obligadas para recuperar aunque sea un poco la danza original que representan. Cada vez estoy más convencida de que un libro de historia de la danza escénica debería abrirse y dejar salir bailarines en movimiento, además de palabras, y aquí hay bellísimas imágenes.

Por último, creo que este libro Las instituciones oficiales de la danza clásica y la producción coreográfica nacional 1963-2003, a pesar de tener un título tan largo, debería incluir un subtítulo. Yo le pondría algo así como “Los clásicos también lloran”. Mucho se ha hablado de la danza moderna y contemporánea, y poco se sabe de los avatares de la compañía oficial. Gracias a Cristina nos enteramos de las dificultades que tiene la CND por obtener presupuestos, del impacto de los cambios sexenales, de los tropiezos para montajes y remontajes, de las problemáticas internas que viven como en cualquier organización.

A pesar de todo ello, en el campo dancístico se considera a la CND, sus bailarines, maestros y coreógrafos como los “privilegiados”. A lo mejor sí lo son, pero aquí vemos que su vida no es fácil y que comparten muchos problemas con el resto de los grupos, y este libro ayuda a entenderlos mejor, así como las lógicas del campo dancístico mexicano.

Deja un comentario:

Asegúrate de llenar todos los campos , el código HTML no está habilitado

home