“Me gustaría bailar la poesía, no escribirla”: Jaime Sabines (y la danza)

Por Fluir en Libros
Thursday, 19 March 2015 00:00

“Escribí poesía porque nunca aprendí a bailarla”

“Me gustaría bailar la poesía, no escribirla”

Jaime Sabines

 

El poeta Jaime Sabines  nació en Tuxtla Gutierrez, Chiapas, un 25 de marzo de 1926 y murió un 19 de marzo de 1999. Sabines, sin duda, es considerado uno de los grandes poetas del siglo XX en México. Con trece libros publicados y numerosos premios, su mayor reconocimiento es el que le da una multitud de lectores, pues es uno de los poetas más leídos, citados y reconocidos.

Sin más preámbulo, y a manera de homenaje, preparamos una pequeña selección de poemas donde la danza llega a su pluma. Esperamos que les guste:

 

A LA CASA DEL DÍA

 

A la casa del día entran gentes y cosas,

yerbas de mal olor,

caballos desvelados,

aires con música,

maniquíes iguales a muchachas;

entramos tú, Tarumba, y yo,

Entra la danza. Entra el sol.

Un agente de seguros de vida

y un Poeta.

Un policía.

Todos vamos a vendernos, Tarumba.

 

De Tarumba (1956)

 

A ESTAS HORAS, AQUÍ

 

Habría que bailar ese danzón que tocan en el cabaret de abajo,

dejar mi cuarto encerrado

y bajar a bailar entre borrachos.

Uno es un tonto en una cama acostado,

sin mujer, aburrido, pensando,

sólo pensando.

No tengo "hambre de amor", pero no quiero

pasar todas las noches embrocado

mirándome los brazos,

o, apagada la luz, trazando líneas con la luz del cigarro.

Leer, o recordar,

o sentirme tufos de literato,

o esperar algo.

Habría que bajar a una calle desierta

y con las manos en la bolsas, despacio,

caminar con mis pies e irles diciendo:

uno, dos, tres, cuatro...

Este cielo de México es oscuro,

lleno de gatos,

con estrellas miedosas

y con el aire apretado.

(Anoche, sin embargo, había llovido

y era fresco, amoroso, delgado.)

Hoy habría que pasármela llorando

en una acera húmeda, al pie de un árbol,

o esperar un tranvía escandaloso

para gritar con fuerzas, bien alto.

Si yo tuviera un perro podría acariciarlo.

Si yo tuviera un hijo le enseñaría mi retrato

o le diría un cuento

que no dijera nada, pero que fuera largo.

Yo ya no quiero, no, yo ya no quiero

seguir todas las noches vigilando

cuándo voy a dormirme, cuándo.

Yo lo que quiero es que pase algo,

que me muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

 

La jaula que me cuente sus amores con el canario.

La pobre luna, a la que todavía le cantan los gitanos,

y la dulce luna de mi armario,

que me digan algo,

que me hablen en metáforas, como dicen que hablan,

este vino es amargo,

bajo la lengua tengo un escarabajo.

 

¡Qué bueno que se quedara mi cuarto

toda la noche solo,

hecho un tonto, mirando!

 

De Otro recuento de poemas (1977)

 

 

SIGUE LA MUERTE

 

                  I

No digamos la palabra del canto,

cantemos. Alrededor de los huesos,

en los panteones, cantemos.

Al lado de los agonizantes,

de las parturientas, de los quebrados, de los presos,

de los trabajadores, cantemos.

Bailemos, bebamos, violemos.

Ronda del fuego, círculo de sombras,

con los brazos en alto, que la muerte llega.

 

Encerrados ahora en el ataúd del aire,

hijos de la locura, caminemos

en torno de los esqueletos.

Es blanda y dulce como una cama con mujer

Cantemos: la muerte, la muerte, la muerte,

hija de puta, viene.

 

La tengo aquí, me sube, me agarra

por dentro.

Como un esperma contenido,

como un vino enfermo.

Por los ahorcados lloremos,

por los curas, por los limpiabotas,

por las ceras de los hospitales,

por los sin oficio y los cantantes.

Lloremos por mí,

el más feliz, ay, lloremos.

 

Lloremos un barril de lágrimas.

Con un montón de ojos lloremos.

Que el mundo sepa que lloramos aquí

por el amor crucificado y las vírgenes,

por nuestra hambre de Dios

(¡pequeño Dios el hombre!)

y por los riñones del domingo.

 

Lloremos llanto clásico, bailando,

riendo con la boca mojada de lágrimas.

Que el mundo sepa que sabemos ser trágicos.

Lloremos por el polvo

y por la muerte de la rosa en las manos de los mendigos.

Yo, el último, os invito

a bailar sobre el cráneo del tiempo.

¡De dos en dos los muertos!

Al tambor, a la Luna,

al compás del viento.

¡A cogerse las manos, sepultureros!

Gloria del hombre vivo:

¡espacio para el miedo

que va a bailar la danza que bailemos!

 

Tranca la tranca,

con la musiquilla del concierto

¡qué fácil es bailar remuerto!

 

  

                  II

¿Vamos a seguir con el cuento del canto y de la risa?

¡Ojos de sombra, corazón de ciego!

Pirámides de huesos se derrumban,

la madre hace los muertos.

Aremos los panteones y sembremos.

Trigo de muerto, pan de cada día,

en nuestra boca coja saliva.

(Moneda de los muertos sucia y salada,

en mi lengua hace de hostia petrificada).

Hay que ver florecer en los jardines

piernas y espaldas entre arroyos de orines.

Cráneos con sus helechos, dientes violetas,

margaritas en las caderas de los poetas.

Que en medio de este cante

el loco pájaro gigante,

aleluya en el ala del vuelo,

aleluya por el cielo.

 

¡De pie, esqueletos!

Tenemos las sonrisas por amuletos.

¡Entremos a la danza,

en las cuencas los ojos de la esperanza!

 

De La Señal (1951)

 

 

 

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