Un domingo en pleno verano / I

Por Irene Martínez Ríos en Personaje
Tuesday, 28 July 2015 00:00

El otoño había llegado a una ciudad devastada, unos meses después del fin de la ocupación alemana, Roma todavía no se recuperaba de las heridas.

 Giordano Bruno, así nombrado por su padre anarquista, pasó mucho tiempo fuera de casa, para estar allá, donde tenía que estar. Mientras tanto, en el campo de refugiados, su mujer se hizo cargo de los cinco hijos de ambos.

Lo peor había pasado, por fin nuevamente juntos. Giordano y Clara no eran jóvenes, su hija mayor tenía 17 años, cuatro el más pequeño. Después de la separación larga y dolorosa, sentían en la piel la euforia de estar vivos y se amaron. Se amaron con pasión pero también con infinita serenidad.

El 22 de julio de 1945, un domingo en pleno verano, nació Rossana Filomarino Leoni: “Yo nací en Cinecittà, que en ese tiempo era campo de refugiados, ahí vivía mi familia, no tenían casa, no tenían comida”. O… ¿Sería más bien predestinación a las artes?

Sin estudios para filmar, ni dinero, ni actores, ni equipo de luces, sino sólo la incontenible urgencia, nació el neorrealismo italiano. Roberto Rosellini rodó Roma, città aperta en las calles y con lo que tuvo a la mano.

Creo que nací a las ocho y media de la noche pero no estoy segura, nunca le pregunté a mi mamá”, recuerda Rossana.

Una de las hermanas mayores sintió muy temprano el gusanito del arte, su destino no era bailar y se preparó como maestra de danza. Sabiamente aprovechó sus conocimientos con la benjamina de la familia para hacer sus pininos: Lidia daba sus primero pasos como maestra y Rossana los de una larga, impredecible y fecunda carrera de bailarina y, más tarde, resplandeciente coreógrafa.

En cuanto tuvo siete años, la edad reglamentaría, ingresó a la Academia Nacional de Danza: “todo mundo podía cursar los primero tres años que se llamaban cursos inferiores, los grupos eran más o menos nutridos. De tercero a cuarto venía la selección terrible de los que iban a ser profesionales. Yo estudié hasta sexto.

Tenía el pelo muy largo, además tengo muchísimo y había que ir peinada ya sabes, con todo recogido, era una cosa enorme la que traía en la cabeza. La historia es que ya para sexto año había que hacer 32 fouettés en la punta, yo hacía 31 y me caía, fuera de clase hacía 40, 45 o 50. Después me di cuenta de que en realidad no quería hacer eso. Me mandaron a cortar el pelo, quede horrible y de todas maneras hacía 31 y me caía. Me salí de la escuela y según yo, ya no iba a bailar nunca más”.

La madre, consciente del talento de su hija buscó un sitio para que continuara y dio con la escuela de los maestros Sakharoff. Alexander, ruso de origen, había sido uno de los bailarines solistas más innovadores de las primeras décadas del siglo XX y con Clotilde, su mujer alemana, impactaron la danza europea. “Con ellos aprendí lo que yo buscaba: qué es la danza, para qué bailamos, qué es el arte, para qué sirve el arte. Tenían un estudio en el Palazzo Doria que ahora es un museo, allí trabajábamos. De técnica yo sabía más pero ellos me enseñaron a ver la danza, a vivirla, a amarla.”

En el verano, los maestros impartían una cátedra en la Accademia Musicale Chigiana en Siena que fundada en 1932 con el propósito de impartir cursos de perfeccionamiento para músicos y cantantes, se ha conservado como una de las más prestigiosas del mundo. “Los alumnos seleccionados íbamos allá y trabajábamos obras en colaboración con los músicos. Fue muy importante, no solo porque tuve mis primeras experiencias en el escenario, sino porque pude convivir con grandes artistas como Chelividaque, Cassals, Valerio Díaz.”

Con apenas 17 años, por accidente: “vi en la televisión a unos seres raros que bailaban de una manera que me impactó, pensé: ‘yo quiero hacer eso’. Y lo hice. ¿Martha Graham? ¿Quién es Martha Graham? Fui a la Biblioteca Americana e investigué dónde estaba ¿y ahora cómo me voy?

En ese tiempo apenas había becas. Te estoy hablando del 64. Fui al Institute of International Education, me veían como si estuviera absolutamente loca, las becas eran para doctorados, cosas importantes y no para una niña que pedía una para estudiar danza, sé que insistí mucho y me dieron el pasaje, consiguieron una familia con la cual viví a cambio de babysitting y me pagaron un mes de clases en la escuela de Martha Graham. Por supuesto después gané una beca de la escuela. Nunca olvidaré esa audición, la primera que hice en mi vida y creo que la única, era una muchedumbre y a mí me tocó ahí, enfrente de Martha.

Ya no daba clases pero a veces entraba al salón. Veía un rato, paraba la clase y empezaba a hablar sobre el ejercicio que estábamos haciendo, cómo había que interpretarlo, qué significaba, de dónde lo había sacado, etcétera. Te nutrías, lo volvías a hacer y por supuesto salía mucho mejor. Tuve esa suerte.”

Desde los veranos en Siena, Rossana entabló amistad con jóvenes músicos venezolanos y empezó a aprender nuestra lengua. En Roma, con una íntima amiga española, que más tarde sería su cuñada, continuó el aprendizaje de este idioma que sería definitorio en su vida.

En la antesala de la escuela Graham en Nueva York estaba “Guillermina poniéndose los calentadores y platicando con una argentina, paré la oreja y entré en la conversación.

Electra Arenal, sobrina de Siqueiros estaba en pareja con un joven pintor que había sido escenógrafo de Ballet Nacional y para el que yo trabajaba, hacía modelaje y lo ayudaba con algunas cosas de publicidad. Les platiqué que había conocido a una mexicana: Guillermina Bravo. Ah sí, Guillermina, pues invítala, dile que venga a cenar. Y la invité, estaba en su época de cazatalentos y me había visto en las clases”.

Rossana comentó durante la cena que le gustaría venir a México y conocer más de los mayas. Guillermina se sorprendió de que la tan joven bailarina italiana supiera algo de esa cultura. “¡La antropóloga que siempre tuve adentro! ‘Qué bien que quieres venir a mi país’, me dijo, ‘te propongo dar un curso de dos meses. ¿Te parece?’ ‘¡Claro!’ Y así llegué, dos meses que a la fecha son 50 años.”

Colaboró con Ballet Nacional como bailarina, coreógrafa y maestra. En 1969, marcó un parteaguas en la escena mexicana con la coreografía e interpretación de la Danza de los Siete Velos de Salomé, la pieza audaz de una bellísima Rossana que estrenada en el Palacio de Bellas Artes, escandalizó y fue vetada en el Teatro de la Danza, asunto que la maestra Bravo arregló para finalmente realizar la temporada. La noticia corrió de boca en boca y llegaron multitudes a cada función. “La primera que se despechugó” leí en no sé dónde. Juan Vicente Melo escribió una crítica que tituló: Inmóvil en la luz pero danzante. Hasta años más tarde la coreógrafa supo que era un verso de Octavio Paz.

 

Con una maleta repleta de experiencias, en 1971 regresó a Italia, donde fundó el grupo Quasar, pero al cabo de un año sintió la llamada de nuestro país, su nuevo país y volvió.

“Estudié antropología en la Ibero y daba clases para mantenerme, di clases a todo el mundo. Al Ballet Clásico 70, a la compañía de Amalia Hernández, a Ballet Nacional, a Ballet Independiente, a Mórula. En ese lapso bailé una temporada muy corta con Expansión 7.

Emilio Carballido me invitó a trabajar en Jalapa. Te va a encantar, Jalapa es maravillosa, las jacarandas, las orquídeas y bla bla bla, y la facultad de danza que acabamos de fundar. Me fui. Además tenía cosas personales por las que me convenía salir de la ciudad. Hice los primeros planes de estudio de la facultad, los primeros de todo el país pero no podía ser directora, no tenía la edad suficiente. Cuando iba a renunciar, fui a ver al director Bravo que sacó una finísima botella de champán y me propuso revivir la compañía. ¡Me quedé!”

Hasta 1988 dirigió la Compañía de Danza Contemporánea de la Universidad Veracruzana.

Si le pusieras nombre a tus etapas, ¿cómo llamarías a tu estancia en Jalapa? “Normativa, constructiva, porque aprendí a dirigir una compañía, a manejarla tanto en el sentido artístico como de gestión. De Nueva York traje a Judith Hogan, a Takako como maestros. De la ciudad de México a Federico Castro, Graciela Henríquez, Guillermina Bravo, Ana Sokolow, como coreógrafos.” Con alrededor de 15 bailarines, entre profesionales y alumnos de la facultad como becarios, aprendió a tener la visión total de una compañía.

La Bestiada es una obra sobre la evolución humana, adelantada para su tiempo y Fausto, que se realizaba en una escenografía de dos niveles con una dramaturgia depurada, son las obras más significativas que hice en ese periodo.”

La experiencia se agotó y una vez más, regresó a la ciudad de México.

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