La danza al límite de lo posible [Enc. Nal. de Danza]

Por Fabián Guerrero en Missa Brevis
Friday, 01 May 2015 00:00

El II Encuentro Nacional de Danza ofrece una serie de actividades para todas y todos los  participantes: talleres, funciones, conferencias, asesorías coreográficas, entrevistas públicas y actividades académicas. Imposible ver todo y/o asistir. El interés y la búsqueda personal hacen que cada quién se vea en su propia disyuntiva. Los más eligen talleres con maestros que tienen gran camino en la danza y una obra sólida y consolidada: Alicia Sánchez, Rosana Filomarino, Marcela Sánchez Mota, Octavio Zeivy, Alejandra Ramírez, Raúl Talamantes, Alonso Alarcón, entre otros.

Sin embargo, las actividades académicas han aportado reflexiones y ángulos muy interesantes que es necesario compartirles. En particular la mesa llamada “Danza y compromiso social”, que se llevó a cabo en el Instituto de Capacitación para Mandos Medios de la ciudad de Torreón, Coahuila. En ésta, participaron Cardiela Amezcua, Miguel Ángel Díaz y Mizraim Araujo, moderados por Laura Ríos.

El común denominador de estos tres personajes es la creencia en el poder transformador de la danza. Pero no sólo la creencia sino la acción, la praxis, que bien distinto es decir y actuar. Bien distinto es sólo hacer obra artística con contenido social (que muy probablemente jamás será vista por los sectores que la necesitan y anhelan), o hacer como que se hace algo (actos que en ocasiones sólo satisfacen la conciencia personal pero no inciden realmente en una comunidad, artística o no) que trabajar directamente con las comunidades en riesgo y/o marginadas.

Cardiela, Mizraim y Miguel Ángel han apostado y demostrado que la danza puede cambiar vidas, que tiene el potencial de encausar destinos, siempre que el compromiso con el otro sea total

 

Tres ejemplos. Tres vidas

Miguel Ángel Díaz, director de la compañía Asaltodiario, comentó al iniciar su intervención: “Un día descubrí que eso que llaman arte, cultura, danza o como lo llamen, transforma gente. Eso lo descubrí en mi propio proceso de transformación; fue la herramienta que tuve  para salir del barrio y dedicarme a otra cosa y cambiar mi manera de ver, de pensar y relacionarme con el mundo. Así descubrí que si eso había funcionado conmigo, yo podría hacerlo con otras personas que estuvieran en mi situación”. Con  Asaltodiario hacen trabajos comunitarios basados en tres ejes: artes escénicas, laboratorio del cuerpo y proyectos comunitarios, cuya intención “no es hacer artistas o hacer una obra escénica, sino como un instrumento de transformación de los individuos que participan; no una transformación social, sino humana”.

Mizraim Araujo llegó a los 10 años a Monterrey, Nuevo León. Ahí comenzó a juntarse con “raza malandra”. Entonces su padre decidió meterlo a la Escuela Superior de Música y Danza “para que no anduviera de vago”. Así se convirtió en bailarín de ballet (con gran reconocimiento y premios por su labor). Cuando terminó el ballet decidió hacer lo que su papá había hecho por él, fue entonces que decidió trabajar con pandillas, no para salvarlos sino para trabajar con energías diferentes, pues los bailarines le parecían muy suaves para las experiencias que tenía en el barrio. Así pasaron 17 años en que ha pasado de todo, “unos se han ido, otros me los han matado, otros siguen […] Los bailarines que están conmigo ahora, todos se han formado acá, ninguno en escuelas. Me gusta una danza muy fuerte, muy varonil”.

Cardiela Amezcua ha trabajado por 30 años “en las zonas y en las áreas donde no hay marquesinas: en las comunidades indígenas de marginados, de repatriados. He bailado en zonas de guerra”. Su búsqueda de ir al límite parte de la vulnerabilidad, de un desahucio médico a partir de una enfermedad desde que era niña. Eso la llevó a “buscar el límite porque no hay límite”. Llegó al DF en 1985 a los 15 años y dio clases a los niños  damnificados por el terremoto. Su relación con los niños y jóvenes parte de la vulnerabilidad, del saber que sólo hay este momento para comprendernos y establecer un vínculo real, pues el tiempo vale. Cardiela cree en lo pequeño, en lo que no se nota, ir donde no hay periodistas. Ha hecho trabajo en comunidades indígenas, en los últimos cuatro años de guerra civil salvadoreña, con repatriados y refugiados de guerra. “Llegaba y me preguntaban qué era: de la Cruz Roja, etc. contestaba ‘soy bailarina’”. Trabajaba con gente que tiene un alto riesgo corporal: ¿Qué puedes experimentar con tu cuerpo antes de saber que te puedes morir en una batalla? La danza al límite de lo posible, sin mañana. Esa política del cuidado, del cuidado de uno mismo y del otro la llevó al cuidado del entorno. A partir de ahí comenzó a hacer cuidado ambiental a través del cuerpo y de la danza, educación ambiental a través del arte, con una metodología reconocida por Unesco, Unicef y varias universidades del extranjero. “Todo se ha integrado de forma orgánica”, dice. Y como consecuencia de esos proyectos que nacen del arte, en las comunidades, han mutado a proyectos productivos: gallineros orgánicos, cultivos de café, viveros.

 

El poder de la danza

Aunque parezca que es inofensivo lo que hacen, hay personas que consideran peligrosa la actividad que desarrollan, por lo que han recibido amenazas que los han hecho replantearse o retirarse de ciertos lugares. Y corren estos riesgos por ser un proyecto de vida, no un proyecto económico del que puedan vivir. Sin embargo, el “pago” está en otro lado. Por ejemplo: cuenta Cardiela Amezcua: “Yo tenía 19 años cuando llegué a El Salvador. Y tenía como alumnos a unos gemelos de unos 6 años que no podían hablar. No hablaban pues habían matado a su mamá y papá frente a ellos, eran parte de un grupo de 25 niños huérfanos de guerra. Lo que hacíamos era divertirnos, movernos, brincar. Estos niños vivían con su abuela. Después de tres meses de clases llegó la abuela, me abrazó llorando y me dijo ‘en la mañana hablaron, comieron se rieron y quisieron ir a la escuela’. Tenían un año sin ir a la escuela.

¿En qué cantidad podemos tasar esta experiencia? ¿Cuánto pago vale? A todos les queda claro ni tienen la intención de “salvar” a nadie. Son conscientes de los límites y alcances de su trabajo, pero también del potencial que tiene la danza para transformar seres humanos. Desde la sencillez se puede construir. Dice Mizraim: “yo hago danza nomás. Danza con estos weyes”.

 Una mesa muy edificante, sobre todo en la charla posterior a la presentación, en las preguntas donde se abordaron temas como independencia, generación de recursos, importancia de proyectos colectivos, autogestión, modelos colaborativos, relación con el Estado, apropiación de la comunidad y demás. 

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Esta cobertura se lleva a cabo gracias a la lic. en danza de la Universidad de las Américas Puebla y la CND-INBA.

 

1 comentario

  • Escrito por : Daniel Ramírez | Saturday, 02 May 2015 02:21

    Yo también creo en el poder transformador de la danza, del arte en general, ahora durante mi formación académica me he dado cuenta de que en las escuelas adolecemos de una falta de sentido de responsabilidad social, no es solamente un concepto aislado copiado de una declaratoria internacional que suena cool en las universidades, se debe fomentar la conciencia e importancia que tiene difundir el arte entre la sociedad, todos pueden desarrollar capacidades, todos pueden crear algo para sí mismos, no es posible que tengamos entes pasivos que solo sepan bailar, hay que mover, hay que actuar en favor de nuestros semejantes, México tiene muchos problemas, pero si los artistas no salimos a poner de nuestra parte ¿Cómo esperamos cambiar al mundo? Tampoco se trata de obtener dinero, se trata de retribuir lo que la vida nos dio para expresar y sentir, hacer sentir a otros que "si hay solución".
    Me hubiera encantado escuchar estos testimonios, yo me encuentro desarrollando un proyecto similar; sin embargo pareciera que este tipo de encuentros solo son para algunas mentes privilegidas o bolsillos que permiten el tránsito. Los jóvenes que estamos en formación dancística estamos excluidos de las élites de las instituciones.

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