Grietas para una experiencia estética: educación artística profesional y desarrollo humano

Por Israel Chavira Leal* en Missa Brevis
Tuesday, 06 December 2016 00:00

 [Este texto fue leído y presentado en el I Coloquio Universitario de Danza y Filosofía,

que se llevó a cabo en mayo de 2016 en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Agradecemos al autor y a lxs organizadorxs por permitirnos publicar este texto]

 

“¿Qué es lo que se pone en peligro -de nuestra sociedad o de los individuos-, que requiere que nuestro oficio sea regulado o legalizado, es decir, por qué necesitarías una licencia para desempeñarte profesionalmente como hacedor de danza?” Pregunté cierto día a mis alumnos de la Licenciatura en Danza al iniciar la clase de Estrategias Corporales. Aunque, en realidad, era una pregunta que yo mismo me hacía para tratar de dar cauce a mi crisis como profesor de esa carrera. Es que ya no sé qué hago yo ahí como “catedrático”, aunque no me avergüenzo tampoco de tal incertidumbre.

Como profesor universitario me cuesta trabajo pensar que mi deber es formar a mis estudiantes en los conocimientos propios de la danza. Que mi tarea se limita al cumplimento de un programa de estudios que el H. Consejo Técnico de mi Facultad avala cada ciclo escolar revisando su congruencia con el Plan de Estudios de mi Programa Académico que se debe apegar a los lineamientos y recomendaciones del Consejo Académico de Educación Superior que le ha otorgado su Acreditación,[1] misma que se ha dado bajo supuestos de lo que “debe ser” la formación profesional dancística bajo una idea de la danza que responde a tradiciones políticas y culturales de un país que adolece de interés por la elevación del espíritu, pues es un país con hambre ¾es lo que nos repiten cada vez que recortan el presupuesto a la cultura y las artes.

Así, voy sintiendo como si mi trabajo tuviera que ser un aislado proteínico, como los que tomo después de entrenar, y luego pensar que con eso ya me alimenté bien, ¿y dónde quedan los colores del alimento, sus texturas, olores, consistencias y mezcla de sabores?, ¿acaso eso no me nutre también?, ¿dónde queda la sazón que le aprendí a mi madre, y con él, la historicidad de una familia fraguada con el trabajo de tantas generaciones?

Ciertamente, los productos artísticos, como toda producción humana, son portadores de la memoria, percepción, motivación y cognición de la humanidad. Todo aquello que no reside en la conciencia de las gentes, sino en las obras (producciones artísticas, científicas, tecnológicas, lingüísticas, normativas, etc.),[2] toda esa información valiosa, esa colisión de espacio y tiempo, influencia potencial en los valores estéticos de una persona, de una sociedad, es lo que se pone en riesgo con el ejercicio profesional del artista. No es poca cosa. El pensamiento sensible, que es diferente al racional, es un universo frágil a la vez que poderoso, “la vida vale la pena por razones estéticas”,[3] explica Pablo Fernández Chirstleb, pues lo estético referirá al grado de pertenencia a una forma, no sólo de un objeto, sino de una idea, un grupo, una historia, en fin, de una sociedad.

El arte de la danza, como una disciplina del espacio-tiempo, implica un territorio que va más allá de lo “teatral”, más allá de lo “espectacular”. Estoy hablando del poder y eficacia de lo ritual que contiene, como un suceso con posibilidades de transformación del yo, un espacio de creatividad colectiva.[4] En esa área del pensamiento colectivo, sin duda, es que puede gestarse una sociedad capaz de desarrollarse “humanamente”. Si atendemos a la idea de que el pensamiento de una sociedad es la forma a la que solemos llamar cultura, no deberíamos dudar en la gran relevancia que tiene el buen desempeño profesional de los artistas como partícipes de la configuración estética y creativa de una sociedad, y del cómo ello tiene implicaciones fundamentales en el desarrollo humano de una población.

Se trata, pues, de hilvanar, al menos, la importancia que tienen las artes como un sendero de lo estético con la solidez de una sociedad. No basta con plantearse la manera en que una sociedad se define a sí misma, sino también, si dicha definición contiene fundamentos sólidos que permitan a sus ciudadanos desarrollarse plenamente, generar resistencia y proactividad (resiliencia)[5] ante los retos de los tiempos que les corresponda vivir. Y ya que el sistema educativo actual ha otorgado infraestructura universitaria para la formación de profesionales en el arte, en mi caso, de la danza contemporánea, me pregunto cómo vamos a responder ante tal responsabilidad, tanto docentes como estudiantes. Luego de nueve años como docente de la Facultad Popular de Bellas Artes, creo que en ninguna reunión de Academia de Danza lo hemos puesto con la seriedad suficiente sobre la mesa: ¿Qué es lo que se pone en peligro -de nuestra sociedad o de los individuos-, que requiere que la profesión dancística sea licenciada? O bien ¿Cuáles podrían ser los factores ilícitos de este oficio que necesitamos prevenir o combatir?

Atendiendo a los estudios del Desarrollo Humano, desde la perspectiva de los ciclos de vida, podemos encontrar que, dentro de los factores del modelo psicosocial que impactan en el desarrollo humano, además de las influencias genéticas hereditarias, se encuentran las influencias ambientales y de experiencia que no son otra cosa que el contexto de la crianza de una persona.[6] Visto de esta manera, el ambiente no sólo refiere a las características geográficas del sitio de crianza -queda claro que habla también de los aspectos socioculturales que no solamente no podemos deslindar del ambiente estético-, sino que son un factor fundamental en la configuración estética misma de la crianza. Es decir, si tomáramos conciencia del universo de formas que rodean los primeros años de nuestra infancia, muchas cosas adquirirían sentido. Nuestras inclinaciones, afinidades, y posteriores configuraciones de espacio y tiempo en el que ahora nos desempeñamos, mantienen una íntima relación con esa etapa.

 

Taller danzaporteo / Porteando por la paz

 

Insisto aquí en que lo estético, o mejor dicho, la experiencia, formación o configuración estética, no sólo refieren a la belleza o al arte que le rodea a un individuo, sino que son todas aquellas formas que le van generando un sentimiento de pertenencia, de lo que le hace sentir cobijado, acompañado o protegido: aromas, tonos o inflexiones de voz, tonalidades de luz, espacialidades del, para o desde el cuerpo, cosas que se empiezan a recolectar desde la primer infancia y que, en cierto punto, infieren en el desarrollo socioemocional de una persona, en la configuración de sus figuras de apego, la organización de sus emociones básicas y complejas. Si, de acuerdo con Piaget, es en la infancia donde se estructuran binomios de confianza vs. desconfianza, autonomía vs. vergüenza y duda, iniciativa vs. culpa, así como también la conducta del rol de género, podríamos considerar la importancia que tiene atender al universo de formas que constituyen la experiencia estética de los cuerpos que viven, además, los progenitores o responsables de los infantes.

En ese imperio de las formas, no sólo de las figuras y los contornos, la experiencia estética de los cuerpos incluye los cómos del desarrollo de sus pensamientos sensibles, motrices e intelectuales, los cómos de la conformación de su razonamiento moral (lo justo y lo afectivo), de su intimidad como pulsión de su identidad, las bases de sus relaciones amistosas (afinidad de intereses o intercambios emocionales), los porqués de sus selecciones ocupacionales, hasta llegar a los factores que irán determinando su manera de envejecer.

Los sistemas educativos han ido aislando estos factores entre sí, al tiempo que los desvinculan de la noción de la experiencia estética, limitando a ésta, en el mejor de los casos, a la obra de arte. Así, las instituciones de formación profesional artística, los artistas profesionales, provengan o no de una licenciatura, aceptan esta división y encaminan sus esfuerzos a producir arte para el arte,[7] es decir, conciben su quehacer sin una necesaria vinculación con la vida, a tal grado que llegan a requerir de una enorme justificación acerca del cómo su trabajo se vincula con la sociedad.[8]

Preguntarse respecto del papel de una Institución de Educación Superior de Arte, es un gran cuestionamiento. No sólo implica preguntarse el lugar que ocupará el Arte en la sociedad o en las personas, sino que, además, es tomar conciencia del impacto, a nivel de ciclo de vida, que esa postura tendrá en los alumnos y en el profesorado, pues no podemos pretender que sea igual bajo cualquier contexto cuando, en un alto porcentaje, en una Licenciatura en Danza, por ejemplo, la brecha generacional es mínimamente de 15 años de diferencia. La concepción de la profesionalización artística, desde el sistema educativo institucional, fundamentado en una visión profunda del papel del Arte en la configuración sólida de una sociedad, requerirá, en adelante, observarse, además desde la perspectiva multidisciplinaria, transdisciplinaria, interdisciplinaria o indisciplinaría, bajo el prisma de los ciclos de vida de las personas que se ven implicadas en el ámbito universitario. Debe atender a las formas que las personas adaptan o adoptan para manifestar sus deseos, ansias o angustias, y responden a la forma en que los eventos, presiones y exigencias les impactan en relación con su edad.

Crear o promover un sentido de comunidad, marcar o cambiar una identidad, son posibles funciones de las artes.[9] Tiene una eficacia ritual donde el espectador puede ser partícipe de la experiencia estética generada por la congruencia de los gestos y detalles de la obra. La obra de arte tiene el poder de generar la sensación de que lo que uno no puede comprender, quedará comprendido por ese orden, el de la obra, de modo que no es uno el que tiene que justificar la realidad, sino que ésta se justificará en nombre de uno.[10] Otorgar y recibir la Licencia para que esto suceda es una gran hazaña, es casi soberbia, si no es que ilusión.

Como profesor universitario, creo que tengo la responsabilidad de tomar conciencia respecto de lo que me ha llevado a dedicar mi vida a la danza y lo que me ha llevado a incluirme como docente en el sistema educativo de nivel superior. Tomar conciencia de mi ciclo de vida, cómo he dado continuidad o discontinuidad a las estrategias aprendidas, a las estructuras internas y externas. Preguntarme cómo he ido asumiendo la competencia y la presión ambiental. Intuyo, y porque la noción de tiempo es una intuición, que de esta manera podré encontrar mayor vinculación con mis estudiantes, es decir, ¿necesitan los estudiantes relacionarse con los conocimientos o con las personas?, ¿es la profesión dancística una relación entre conocimientos o entre personas?

 

CODACO-BUAP en el Festival Internacional de Danza Contemp. de Michoacán

 

Como parte del sistema educativo al que pertenezco, me corresponde plantearme qué es lo que voy a poner en el centro de mis planes de estudio. Y, definitivamente, hoy puedo concluir: no es el arte como arte, es el arte como moral, como ética. Mi tarea, por medio de mi hacer dancístico, y una de cuyas derivas es la docencia a nivel universitario, será fomentar el diálogo con todo suceso de la vida, y no sólo con el arte. Fomentar, con este oficio, los cambios de patrones en las relaciones humanas. Patrones que son formas, formas que son posibilidades de adhesión, vinculación y solidaridad entre personas. Patrones que son formas de desarrollo humano, formas que son posibilidades de experiencias estéticas. En fin, patrones de relaciones humanas que generarán un sentido de pertenencia ¿Cómo podría ser otorgar o recibir licencia para desempeñarse profesionalmente como hacedor de danza sabiendo que este oficio podría impactar en la manera en que una madre o un padre mirará por primera vez, y en adelante, a su hijo, le enseñará con palabras y acciones a dar forma a sus deseos, ansias y angustias? No me puedo dar el lujo de pensar que mi hacer dancístico, el que promuevo en mi desempeño docente, no forma parte de una influencia ambiental y de experiencia estética de mi sociedad, de mi cultura, bajo la cual se crían mis sobrinos y sus amigos, mis alumnos y sus amigos.

¿Qué tal si colocamos en el centro de nuestros programas de estudio, la posibilidad de generar ciudadanos, de fomentar el desarrollo humano a través de nuestros oficios?

Me corresponde tomar conciencia del cómo las instituciones educativas tienden a demandar en el profesor una figura de autoridad. Y la Institución es vertical, la Educación Superior artística se pretende así, la profesión artística se constituye así ¿Es entonces la danza profesional un acomodo vertical de la experiencia del cuerpo?, ¿es la danza contemporánea un mecanismo de soporte de identidades segregales política y culturalmente dependientes de la institucionalización del arte?

La configuración de una idea del profesional de danza, y retomando la noción de la aparición de los oficios en la historia de la humanidad, no pueden desligarse de un sentido filosófico; sin embargo, estamos habituados a enmarcarla en las exigencias económicas, a tal grado que nos conformamos con definir que el profesional es aquel que recibe una paga por su oficio permitiéndole subsistir del mismo, así configura su moral y su ética, quedando en segundo término la reflexión, análisis y crítica de la calidad del oficio que, a lo más, se limita a aspectos técnicos y tecnológicos vanguardistas que no necesariamente se vinculan con solucionar problemáticas sociales. En el caso de la danza contemporánea, y de la acotación del intérprete, significaría ir más allá de dotar de herramientas resolutivas del movimiento que le aseguren al estudiante que podrá recibir una paga por bailar. Implicaría profundizar en las diferentes formas en las que se puede denominar lo técnico y lo tecnológico en la experiencia del cuerpo en movimiento para un desarrollo creativo del ser que no se puede abstraer de su entorno social y político ¿Para qué necesita una sociedad bailarines y coreografías?, ¿cuál es la finalidad de la profesionalización del arte, y por tanto, de la danza contemporánea? Porque, si bien el arte se supone como un fin en sí mismo, la idea de profesionalizarlo no lo es.

Es un asunto de moral. En un sentido estricto, la moral es relativa al conjunto de costumbres o normas de una sociedad; sin embargo, también es relativo al ánimo y confianza que se tiene para estar y lograr. Es igual en ambos casos. Necesitamos encontrar, mediante el ejercicio profesional de la danza, una grieta por la que se pueda filtrar, en nuestra sociedad, como norma o costumbre, la valía de aquello que nos dignifica como humanos, al tiempo que se revitaliza nuestra confianza en estar y lograr aquello que, como humanos, nos es digno lograr: amor, libertad, solidaridad.

¿Cuáles son las políticas y los criterios que determinan las prioridades de enseñanza-aprendizaje, de construcción de conocimiento de nuestras escuelas de formación profesional artística?, ¿cuál es el deber del estudiante, del docente y del administrativo en estos espacios?, ¿podríamos hacer una toma de conciencia al respecto y revisar si, efectivamente, estos criterios accionan con base en una moral y una ética que defienda la dignidad humana, si se otorgan espacios para la significación de la vida?, ¿es posible que reconozcamos que hemos convenido vivir en un México que históricamente se presenta como otro país que ofrece “mano de obra barata y desechable” para las grandes compañías?, ¿podríamos asumir la responsabilidad de haber otorgado a las posibilidades económicas la definición de una cultura de pobreza y marginación?, ¿podríamos pensar en un México que observa su riqueza afectiva y cultural en beneficio de su propia gente?, ¿estamos dispuestos a cambiar la perspectiva y formar bailarines que ayudan a resolver, en la naturalidad de la vida diaria, los problemas de violencia y discriminación más allá de un performance en el Zócalo o en la Alameda?

En fin, que aquello que termina de humanizarnos, la cultura, no puede seguir pretendiéndose ajena a los espacios de reinvención que otorga el pensamiento metafórico y la experiencia metafórica del cuerpo. Y dado que el poder cultural se ejerce mediante la contaminación simbólica (Elizalde, 2003), sólo la sociedad civil puede recuperar a la cultura como el espacio social donde se genera la identidad y la significación. Nicanor Perlas (1999) demuestra que la sociedad civil se presenta como una base fundamental de la estructura política mundial, en contraste con el aparato formal de ejercicio de poder de los grandes negocios y gobiernos poderosos. La sociedad civil se presenta como nuestra oportunidad de defender el papel de la cultura y su posibilidad de descubrimiento de la significación y sus implicaciones con valorar la vida que se vive, de otorgar dignidad ¡y los cuerpos académicos formamos parte de ello!

Sensodanza

 

Como bailarín, he aprendido a valorar la construcción de una realidad a partir de compartir los mundos interiores, y se valora el sentido de comunidad, nos reunimos a bailar confiando en el otro, sintiendo responsabilidad frente a la fragilidad de nuestros cuerpos, aprendemos así a amar sin la necesidad de sentirnos amados. Y ya que el amor “es inevitablemente un fenómeno marginal en la sociedad occidental contemporánea”, la danza me coloca fuera del discurso hegemónico, me coloca del lado de las minorías: ello convierte todo en una cuestión de solidaridad.

En esta posibilidad de romper la inercia cultural, institucional, política y económica en la que, como menciona Pablo Fernández: “La gente no importa… se subordina a una categoría más amplia: la de la realidad y la sociedad en que se encuentra… la gente, así, se convierte en un rasgo de aquéllas (realidad y sociedad)… la gente está guardada en las formas”, como profesor de danza de una Facultad de Artes, me niego a soportar un aparato que nos coloque como víctimas de las formas (educativas tecnócratas, neoliberales y progresistas). No tiene sentido, en mi conciencia, que aquello que abre la posibilidad de mi experiencia estética, no pueda generar grietas por las que se filtre mi autonomía.

En un mundo que me abruma en el dilema de la injusticia social, una sociedad que culpa a mis viejos y sus pensiones de nuestra pobreza; que se conforma con justificar que los miles de niños que mueren de hambre “es porque son pobres”; que las mujeres son violentadas por ser “el sexo débil”; que a los rebeldes, a los homosexuales, a los bailarines que no producen riquezas se les margina “por ser raros”, respiro profundo y pienso: yo sólo soy un bailarín. Y me alegro tanto de que, bailando, pueda observar y ayudar a otros a observar este majestuoso bordado de metáforas del cuerpo que renuevan lo moral, lo ético, lo cultural. Me alegro tanto de que, bailando, recupero mi capacidad de ser solidario, resiliente y amable. La dignidad humana descansa en esa posibilidad ¿Podría ser esto parte de nuestros programas académicos?

 

 REFERENCIAS

Elizalde, Antonio, Desarrollo humano y ética para la sustentabilidad, Chile, Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo/Universidad Bolivariana, 2013.

Fernández Christleb, Pablo, El concepto de Psicología colectiva, México, UNAM [sin año].

Max-Neef, Manfred, et al., Desarrollo a escala humana, Montevideo, Editorial Nordan-Comunidad, 1993.

Schechner, Richard, Estudios de la representación, México, Fondo de Cultura Económica, 2012.

V. Kail, Robert y Cavanaugh, John C., Desarrollo Humano: Una perspectiva del ciclo de vida, en https://issuu.com/cengagelatam/docs/kail_issuu 2015.

 ..-.

Notas a pie:

 

[1] La Facultad Popular de Bellas Artes de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo fue Acreditada por CAESA en 2015.

[2] Ignace Mayorson, cit. en Fernández Christleb, Pablo, El concepto de Psicología colectiva, 1948, p. 148.

[3] Pablo Fernández Christleb, El concepto de Psicología colectiva, México, UNAM, sin año, p. 173.

[4] Richard Schechner, Estudios de la representación, México, Fondo de Cultura Económica, 2012, p. 137.

[5] Manfred Max-Neef, et al., Desarrollo a escala humana, Montevideo, Editorial Nordan-Comunidad, 1993.

[6] V. Robert Kail y John C. Cavanaugh, Desarrollo Humano: Una perspectiva del ciclo de vida, en https://issuu.com/cengagelatam/docs/kail_issuu, 2015.

[7] Allan Kaprow, “El verdadero experimento” (1983) cit. en Schechner, Richard, Estudios de la representación, pag. 77. Kaprow señala que la historia de la vanguardia del arte occidental tiene dos vertientes: la que refiere al arte como arte, y la relativa al arte como la vida. La primera es parcelaria, separa las disciplinas y es considerada como seria, y por lo mismo, es generadora de la tradición en la producción artística, su conceptualización y lo que derive de ello, por ejemplo, la educación artística.

[8] Es algo parecido a fenómenos tan absurdos como la necesidad de resaltar valores como “la tolerancia” u otras formas que maquillan la carencia de otros valores que realmente vinculan a las personas.

[9] Schecner, op. cit., p. 85.

[10] Ibid., p. 170.

...

*Universidad Michoacana

 

Foto de portada: Edwin Salas, Intervención en Festival de Coreografía en Espacios Urbanos, organizado por la UVyD

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