DE CUERPO A CUERPO. Sobre la responsabilidad ambiental

Por Cardiela Amezcua Luna* en Missa Brevis
Thursday, 25 August 2016 00:00

 

Como ambientalista activa y educadora ambiental que pertenece, como artista y docente, al mundo de la danza, las artes escénicas y la cultura, me pregunto: ¿Por qué los artistas son iguales ―o algunas veces peores― que los ciudadanos comunes que son inconscientes de la crisis ecológica y de los sistemas?

Y cuando digo “Ciudadanos comunes” me refiero a todos aquellos de oficio o profesión cualquiera, que realizan su vida de forma casi autómata: despiertan, trabajan, producen, consumen, duermen. Un loop interminable. Sin darse cuenta de sus patrones de conducta y de relaciones con su entorno, ni del impacto de los mismos en el ambiente. Sin cuestionarse acerca de la huella ecológica que su paso por la vida va dejando, es más, sin poner una mínima atención en el cúmulo de información, señales y mensajes que dan, no solamente los científicos y los medios de comunicación, sino la Tierra misma con los cambios y alteraciones del clima, las fluctuaciones de producción agrícola, la crisis energética, del agua y de los alimentos que dan sustento a su vida; ya no se diga preguntarse sobre su responsabilidad en la problemática de los residuos sólidos, los residuos tóxicos, la desertificación y el colapso de los océanos. Les escucho simplemente hacer la broma del alto costo del aguacate o del exceso de calor que hace que rindan menos en las clases de danza y los ensayos o el frío que les cala en los huesos y hace que duelan más las lesiones en las articulaciones, pero no los escucho decir lo que corresponde hacer desde lo individual para colaborar en la mitigación de estos fenómenos. Ni poner un poco, aunque sea un poco, en duda su forma de Ser y Hacer, incluso de percibir estos sucesos que están llevando a la humanidad completa hacia una irreversible extinción. Sí, es catastrofista la aseveración. Sin embargo, es cada vez más claro el mapa que hemos trazado desde años atrás, que seguimos ciegamente y que, si no cambiamos de forma radical, terminará en el puerto más seguro: la extinción como especie.

¿Será que en el desarrollo de su formación, desde su infancia hasta su profesión como artistas, en ninguna escuela les enseñaron que pertenecen a una vasta Red de la Vida, que el paradigma homocéntrico ya está superado y que la forma consciente de estar en este planeta se basa en la noción ecocéntrica y en el conocimiento de pertenencia a un ecosistema, que marca pautas de producción y consumo responsable, que toda obra de danza o de teatro o un concierto o festival provoca una huella ambiental e hídrica y el mínimo deber de ciudadanía es minimizar los impactos, mitigarlos e incluso evitarlos desde su origen?

Creo que ninguna escuela de arte, que yo conozca en México hasta ahora, tiene una asignatura dedicada a la sustentabilidad ―menos a la educación para el desarrollo sostenible―, ni a la responsabilidad del artista como ciudadano de un mundo en precarias condiciones ambientales. Un mundo al que van a “salir” a conquistar con su arte, con su genio y su talento, pero del que están desvinculados. Desconozco si existe una carrera de arte en nuestro país ―muy pronto la habrá en Michoacán―, que tenga como asignatura el análisis crítico y creativo de la realidad en la que se insertará el egresado.

Salen con las habilidades desarrolladas y potenciadas, con el conocimiento pragmático, las capacidades cognoscitivas y las herramientas necesarias para trabajar en el campo del arte. Sin embargo, como ciudadanos, como seres humanos ¿Qué saberes éticos, qué construcción del Ser, del Hacer y del Tener desarrollan para ser conscientes de la realidad en que van a crear, producir y movilizar sus obras?

Considero que si ya vamos tarde en relación con el acelerado proceso de destrucción de lo que concebimos como civilización actual, es urgente tomar consciencia y acción contundente en nuestra forma de enseñanza y aprendizaje de las artes, en la transmisión honesta y coherente de los saberes y conocimientos necesarios para un cambio y una transformación en la manera de ser miembros de una ciudadanía ocupada en su destino.

Y no tiene que ver con interferir en el contenido de las obras o que todos sean ambientalistas o activistas, tiene que ver con la vida cotidiana: qué y cómo comes, cómo cuidas y gestionas tu salud, cómo te transportas, cómo compras, usas y desechas tecnología, cuál es tu impacto en las acciones de uso y manejo del agua, de la energía, los recursos y los residuos en tu hogar, en tu tránsito por la ciudad, en tu comunidad, en la producción de tus obras y en tus giras o exposiciones. Éstas son las nociones básicas de autocontrol de las necesidades y satisfactores inherentes a todo ser humano, que es consciente de su responsabilidad para detener y modificar los patrones irracionales de vida heredados del siglo pasado, y que es consecuente de ser parte y fomentar este cambio, para estar en las mínimas posibilidades de mantener la vida humana sobre la Tierra.

Comencemos por abrir los ojos y los sentidos a lo que nos rodea en casa, en el entorno cercano del espacio donde ensayo, enseño y entreno. Después puedo observar ―sin juzgar― las interrelaciones humanas entre los colegas, los gestores, los organizadores y el uso colectivo que hacemos de los recursos en nuestros haceres cotidianos y extracotidianos. Seamos generadores de cambios posibles: dejar de usar y manejar todos los recursos como desechables, tanto los naturales, los económicos, los sociales, técnicos, tecnológicos y principalmente los humanos. No somos desechables, dejemos de tratarnos como si lo fuéramos. No existen los residuos, sólo la materia en transición. ¿Qué transición quiero tener? ¿Qué calidad de transición cuidadosa y amorosa le puedo dar a todo con lo que tengo contacto, visible e invisible? ¿Puedo ser mejor ciudadano del mundo para dejar una luciérnaga de esperanza a las generaciones por venir?

En mi irreverente optimismo, sí creo que podemos ser parte de la fuerza, el motor y el impulso para comenzar el giro de dirección. Es una magna obra colectiva creada por minúsculas acciones performáticas cotidianas. Los invito, comencemos ya, ahora. O no será. O no seremos más.

 

 

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FOTOS DEL "V REFORESTARTE, Festival Intercultural Arte por los bosques", que se llevó a cabo el 21 de agosto de 2016 en el bosque de Nadia Vera en Zitácuaro, Michoacán.

FOTOS: Ramón Merino

PUEDES VER EL ALBUM COMPLETO AQUÍ

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*Cardiela Amezcua es Lic. En Artes Escénicas. Coreógrafa y bailarina con reconocimientos nacionales e internacionales y giras por 15 países de América y Europa. Cursa la Maestría en Psicopedagogía. Gestora cultural. Educadora ambiental a través del arte. Experta en educación para el desarrollo sostenible. Especialidad en desarrollo regional con manejo ambiental y resolución de conflictos socioambientales. Punto focal por Michoacán en la Red Mexicana de Carta de la Tierra. Miembro de la Red de Investigadores por la Sustentabilidad. Actualmente docente de la Maestría en Desarrollo Humano y de la Licenciatura en Artes Escénicas y Producción (con énfasis en sustentabilidad y racionalidad ambiental) de la Universidad Contemporánea de las Américas en Morelia, Michoacán, próxima a comenzar.</

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