Danza y política, o sobre la promesa, la fiesta y el disenso

Por Javier Contreras Villaseñor* en Missa Brevis
Friday, 25 April 2014 17:16

A quien danza el cuerpo le sonríe. La danza es una experiencia que involucra al propio cuerpo, pero también la escucha de quien nos acompaña o nos observa es, al mismo tiempo, experiencia introspectiva y apertura a la otredad, es intensidad concentrada o energía magnificada, es un diálogo con la música que nos habita o con aquella que permitimos que nos transporte. El cuerpo se mueve y la persona sonríe. Y quien sonríe desde su cuerpo se sabe digno y luminoso, se sabe persona, sujeto con rostro y no una cosa, un dato, un número.

La danza nos recuerda, desde la densidad de nuestra primera e irrenunciable condición de sujetos encarnados, que la alegría es posible y que es un gozo el encuentro con los otros y con nosotros mismos, y que vale la pena ejercer las muchas formas de la escucha y la conversación porque danzar es también atender, proponer y responder. Digamos que la danza (escénica, social o ritual) es una invitación a confiar en y a coincidir con los otros.

En este sentido, la danza va en dirección contraria de los hábitos que la cotidiana competencia del capital nos inculca como prudentes y pertinentes. Su profunda naturaleza sonriente —históricamente explicable, como nos señala Marcuse— la vuelve problemática para la lógica del capital, que busca entonces asimilarla como gimnasia o manifestación mercantilizable de la desublimación represiva, ese mecanismo político alienante que le permite al capital auspiciar los ejercicios de los goces siempre y cuando se los viva como prácticas de la cosificación, el individualismo y el mercado.

Siguiendo a Marcuse (en El carácter afirmativo de la cultura y en Eros y civilización), es factible apreciar que la alegría corporal en el tiempo presente del sujeto que danza, se vuelve un desafío tanto para el paradigma de la cultura afirmativa como para el de la desublimación represiva. Con respecto al primero (que es el propio del origen del capitalismo, y que planteó la vida justa de los ciudadanos y ciudadanas como posible sólo en el terreno abstracto del derecho universal, pero no en el ámbito de las existencias concretas individuales, y que supone, por lo tanto, la escisión entre lo deseable y lo asequible, entre el “alma” y el “cuerpo”, entre lo individual y lo universal), porque la danza nos recuerda que la vida ocurre en el presente denso de la corporeidad.

Con respecto al segundo, porque la danza en su gozoso entreveramiento dialógico de afecto y percepción, cuerpo e intencionalidad, en su articulación —de acuerdo con la razón estética— de lo perceptual, lo afectivo y lo conceptual en un solo haz de experiencia sonriente, nos recuerda que los sujetos encarnados (nosotros y nosotras todos) no somos reductibles a experiencias simples, banalizables, cosificables. La experiencia estética compleja de la danza se opone a los empeños de la trivialización. Dicho desde otra perspectiva coincidente, la danza nos recuerda el carácter sagrado —entendida esta categoría como la irrenunciable intensidad de la dignidad— de la persona y su carne.

La danza se opone también, sobre todo, a la resignada aceptación del miedo y la angustia a la que el capitalismo delincuencial dominante en nuestro país (en sus dos vertientes: legal e ilegal) pretende acostumbrarnos. Si recordamos el libro de Erich Fromm titulado El corazón del hombre, puede afirmarse que la danza es biofílica y no tanática. A los cuerpos torturados y despedazados, a las personas instrumentalizadas y ofendidas, opone la experiencia vívida de la sonrisa que se transforma en promesa. No fue casual que las mujeres sudamericanas que luchaban por recuperar a los desaparecidos de las dictaduras “bailaran solas”, es decir, convocando al otro que el poder autoritario pretendía eclipsar, o que en las marchas del movimiento Yo Soy 132, los y las jóvenes danzaran y “performancearan” con júbilo sus encarnados desafíos, alegría libertaria que el nuevo/viejo régimen político mexicano castigó con la montada trampa represiva del 1 de diciembre en las calles del centro de la Ciudad de México. Ni es casualidad tampoco que las diversas delincuencias suelan irrumpir en los espacios rituales de las fiestas: les perturba la sonrisa no sojuzgada. De acuerdo con Rancière —en El espectador emancipado—, puede decirse que las variadas formas del poder autoritario oponen a la política sonriente los duros oficios de la policía.

Apunta Ranciére que hay que diferenciar entre policía y política. La primera es el eficaz ordenamiento de las diversas instancias de la vida social y sus desigualdades e injusticias, con el objetivo de su reproducción incuestionada. La segunda es el conjunto de prácticas que sueñan y construyen una realidad otra. La policía es el conjunto de los empeños tautológicos del poder autoritario que busca ciudadanos aquiescentes y resignados. La política, por el contrario, es la multiplicación de la capacidad de decisión, del hacerse cargo, de producir aquello que se considera justo, bueno y necesario aunque no esté contemplado en el orden policiaco.

Siguiendo a Enrique Dussel —en su libro Religión—, sería factible decir que la policía pretende la fetichización del injusto orden social (presentarlo como inconmovible, “natural”, “lógico”, “inevitable”), y que la política cultiva, por el contrario, el descreimiento, el ateísmo del sistema. Ahí donde la policía busca prudente y racional acatamiento, la política cultiva disensos, desobediencias al poder que son, al propio tiempo, lealtades insumisas entre los pares. La danza es una de las manifestaciones, sociales e individuales, de la alegría que provoca el ejercicio del disenso.

La danza también nos remite al concepto de ciudadanía­cuidadanía porque arraiga la profundidad de su experiencia en la memoria corporal del hecho fundacional —y fundamental— del sostenimiento afectivo del otro. Cada uno de nosotros al nacer ha sido bien o mal recibido por la atención y el tacto (literal) de los otros. La vida humana no perdura sin cuidado. Alguien necesita arropar, alimentar y sostener para que la vida perdure. Bernard Aucouturier nos explica —en Los fantasmas de la acción y la práctica psicomotriz— que las marcas de esa atención primera nos acompañan en nuestras maneras de amar, de desear, de imaginar, de actuar, de movernos. El otro, los otros, nos han acompañado, en la densidad de nuestra urdimbre afectivo/corporal, todo el tiempo.

Es en esta circunstancia fundacional que se sustenta la exigencia ética del cuidado del otro, porque efectivamente —y a contrapelo del individualismo radical del capitalismo— la persona es siempre un yo/tú (Martin Buber), situación ontológica/política/ética original que debiera hacernos imposible la indiferencia hacia el otro. Y no se puede danzar si está dañada la empatía. Incluso danzando en soledad, hablamos y escuchamos a los otros. Danzar es conversar con las palabras afectivo/corporales de las huellas primeras. Por eso, entre otras cosas, la danza es tan conmovedora y subversiva.

Danzar es preguntarse y escuchar a los otros, a través del movimiento, desde la historia que construimos y nos construye en la profundidad afectivo/intelectual/ética de nuestros cuerpos. Quien danza se toma en serio que somos todos una compleja biografía corporeizada, que es el lugar en el que Michel Onfray sitúa el origen del filosofar. El autor francés nos invita a trascender todos los dualismos en cuyas formulaciones lo relativo al cuerpo ha sido sistemáticamente devaluado y en las que se ha hecho el elogio de la bruma en detrimento de la sonrisa.

Onfray, en coincidencia con las que, me parece, son las principales implicaciones de la danza, hace una reivindicación de Epicuro. Y es aquí donde se encuentra, como ya apuntamos, el principal rasgo político, disensual, rebelde, de la danza: la alegría corporal que el movimiento nos provoca es un recodatorio, una promesa del bienestar que social y personalmente nos es posible. La danza nos invita a construir esa realidad social —justa, igualitaria, democrática, no patriarcal— que nos permita vivir cabal, y responsablemente, en un reformulado —y reformulable permanentemente— Jardín, o múltiples y problematizables Jardines, de Epicuro.

 

 

Referencias

Aucouturier, Bernard (2004). Los fantasmas de la acción y la práctica psicomotriz. Barcelona: Editorial Grao.

Buber, Martin (1977). Yo y tú. Buenos Aires: Nueva Visión.

Dussel, Enrique (1977). Religión. México DF: Edicol.

Fromm, Erich (1966). El corazón del hombre. México DF: FCE.

Marcuse, Herbert (2011). El carácter afirmativo de la cultura. Buenos Aires: El cuenco de plata.

Marcuse, Herbert (1971). Eros y civilización. México DF: Joaquín Mortiz.

Onfray, Michel (2007). La potencia de existir. Buenos Aires: Ediciones de la flor.

Ranciére, Jacques (2010). El espectador emancipado. Buenos Aires: Manantial.

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* Director del Centro de Investigación Coreográfica (CICO), profesor en la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea (ENDCC), colabora también con el Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información de la Danza José Limón (Cenidi-Danza) del Centro Nacional de las Artes (Cenart) y con el Centro de las Artes de San Luis Potosí. Es miembro de la Red Sudamericana de Danza. Ha participado en encuentros y festivales artísticos y académicos de México y el extranjero.

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Este artículo fue publicado originalmente en Regiones, suplemento de antropología, número 50, octubre de 2013. Agradecemos a los editores y al autor por darnos el permiso de republicar el artículo.

1 comentario

  • Escrito por : Julieta Quirinziosa | Tuesday, 30 December 2014 05:34

    El autor habla de la danza como una actividad homogénea e ideal. No creo que exista la danza; existen las danzas, muchas de ellas biofílicas, sí, pero muchas más tanáticas, atrapadas en estructuras policiales. Más que hacer una apología de nuestra actividad, sería importante preguntarse qué condiciones, situaciones, elementos, hacen de nuestra danza una danza para la vida y no para la muerte.

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