Provocar el movimiento [Premio Nal de Danza 2016]

Por Silverio Orduña en México
Thursday, 09 February 2017 00:00

“Una obra redonda, con buena estructura, excelente ejecución, lenguaje claro, un trabajo limpio y un buen uso del espacio”. De acuerdo con el jurado de la edición XXXV del Premio Nacional de Danza, estos fueron los criterios para declarar ganadora a El mágico teatro de la muerte, una coreografía del Raúl Tamez. ¿Redonda, buena estructura, excelente ejecución, lenguaje claro, trabajo limpio, buen uso del espacio? No entiendo. Necesito más explicaciones.

El Premio está concebido por las instituciones convocantes, el INBA y la UAM, como una plataforma de promoción y un estímulo para la danza en México. Bajo estas premisas, el certamen ha funcionado por más de tres décadas. Sin embargo, los agentes culturales que participan en él se han preguntado en repetidas ocasiones por la vigencia de su misión. En específico, se ha propuesto pasar del mero dispositivo de visibilidad y legitimación a un espacio de encuentro y reflexión sobre la coreografía contemporánea.

Otro de los cuestionamientos ha recaído en la evaluación de las piezas, debido a que los criterios resultan extremadamente cerrados y muchas veces no se corresponden con los intereses estéticos de las propuestas que participan. Lo cual nos lleva al tema de los jurados y el problema del gusto. Sus decisiones son derivadas de una interpretación, de una experiencia estética que, en el mejor de los casos, se negocia y se pone a discusión. El problema no es el punto de vista, la subjetividad que implica elegir o descartar, sino la falta de transparencia y la poca rigurosidad en la argumentación de los resultados.

En 2016, dentro del Encuentro Nacional de Danza celebrado en la Ciudad de México, participaron como finalistas del Premio los coreógrafos Rodrigo Angoitia, Érika Méndez, José Ortiz, Raúl Tamez, Henry Torres y Laura Vera. Desde una perspectiva personal, me encontraba ansioso por ver los trabajos de algunos de ellos que no conocía a fondo y de otros que me causaban curiosidad por su reciente incursión en la coreografía.

Desde hace diez años que soy espectador del premio INBA-UAM, las eliminatorias y la final me han servido para empaparme de nombres de coreógrafos y bailarines radicados al interior de la República, de sus formas de componer y de moverse. La oportunidad de tener contacto con sus ideas y concepciones sobre la danza se convierte en una posibilidad de abrir el panorama de lo dancístico a nivel nacional. Aunque, como en toda selección, a veces resulta más numeroso lo excluido que lo presentado.

No puedo ocultarlo: llegué a esta edición del Premio con una expectativa clara: la coreografía de Laura Vera. Ya tenía algún tiempo de seguir su trabajo y deseaba acercarme un poco más, aproximarme y experimentar su danza. Su pieza -Ítaca- equis y no X recibió una mención especial y Geovanni Pérez, uno de sus intérpretes, ganó el premio como mejor bailarín. Para mí, tampoco puedo negarlo, fue la obra más propositiva y con una investigación de movimiento profunda, que de forma evidente se salió de los estándares vistos en la función de la final.

-Ítaca- equis y no X no era una obra redonda, desde el punto de vista narrativo e incluso formal. Había una especie de ambigüedad e incertidumbre en su estructura que no dejaba claro, a la primera impresión, el tema central del que se ocupaba: una nada literal reinterpretación de varias entrevistas hechas a migrantes en su paso por distintos lugares del país. Poco a poco, a partir del movimiento y la posición del cuerpo en el espacio, se iban descubriendo varias problemáticas que atravesaban lo coreográfico pero también lo social, desde una resolución estética inteligente.

Las palabras anteriores no pretenden ser infalibles ni generalizaciones, incluso no están acabadas, buscan ser motivos para abrir la discusión. El Premio y las prácticas dancísticas, insisto, tienen un potencial para reunirnos, incentivar la reflexión y provocar el movimiento.  

 

MEJOR COREOGRAFÍA: El mágico teatro de la muerte, de Raúl Tamez

 

MENCIÓN ESPECIAL: -Ítaca- equis y no X, de Laura Vera

MEJOR BAILARÍN: Geovanni Pérez Ortega, por -Ítaca- equis y no X

Erika Méndez, Teorías duplicadas

MEJOR ILUMINACIÓN: Hugo Heredia, por Mar Muerto de Rodrigo Angoitia

MEJOR BAILARINA: Patricia Marín, por (ESC)afandra Danza visual, de Víctor Beltrán y Patricia Marín

 MEJOR MÚSICA: Pablo Flores, por Orondinas 8, de Luis Vallejo

Obra finalista: GUETÉ de E. José Ortiz 

Obra finalista: Un lugar bonito, de Henry Torres Blanco

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