Mestizaje, juego y lucha en "Códices" de Opus Ballet

Por Fluir en Cafe Müller
Wednesday, 05 October 2016 00:00

 

Opus Ballet realizó una pequeña temporada en el Teatro Raúl Flores Canelo del Centro Nacional de las Artes. Ésta es parte de una gira que abarcará 11 ciudades. La Ciudad de México es la tercera ciudad que visita la compañía, después de Mazatlán y Los Cabos. Matamoros, Monterrey, Tepic, Aguascalientes, Tijuana, Vallarta, Durango y Saltillo son las ciudades que visitará este ballet contemporáneo con su pieza Códices, de octubre a diciembre de este año (para ver fechas y lugares exactos entren aquí).

Uno de los objetivos de este proyecto es llevar el ballet contemporáneo a la mayor cantidad de ciudades posibles y a la mayor cantidad de gente, por ello la entrada a todas las funciones es gratuita. Una empresa de esta magnitud parece imposible para cualquier compañía independiente, por ello se valieron de un apoyo de la Cámara de Diputados que les permitirá llevar su reflexión y propuesta a todas estas ciudades.

Y es que una característica de esta compañía dirigida por Ricardo Domingo es tener repertorio original. Códices es su sexta obra en siete años de existencia. Todas las piezas originales. Este riesgo es bastante meritorio, cuando estamos tan acostumbrados a compañías estatales y nacionales cuyo repertorio se repite una y otra vez, acudiendo siempre a la reposición de clásicos. Plantear nuevas temáticas refresca y renueva un género que necesita ya esos aires que la muevan un poco.

Códices es una pieza que busca detonar una reflexión respecto a nuestra identidad como mexicanos. México podría ser el personaje principal de esta obra. El tema ha sido ampliamente abordado por filósofos y pensadores como Samuel Ramos, Leopoldo Zea, Octavio Paz, Roger Bartra, Vasconcelos, entre otros que han intentado acercarse y definir la esencia de nuestro ser como mexicanos. El arte y los artistas tampoco han quedado fuera de esta discusión.

La danza moderna nacionalista sirvió en su tiempo para fijar un imaginario, para establecer “lo mexicano” desde la visión del Estado y lo que se buscaba construir como nación, apoyado por las distintas artes y artistas de aquella época. Después de la Revolución mexicana y dos guerras mundiales, era necesario cohesionar a la población, regresar a las raíces que nos ayudaran a identificarnos y reconocernos. Hoy, muchos años después, nos vemos inmersos en un mundo globalizado que tiende a homogeneizar pensamientos, ideologías, gustos, donde gran parte de la población siente una mayor identificación con culturas ajenas que las propias; sin embargo, este proceso globalizador ha llevado también a que cada pueblo busque esas diferencias, esas cualidades y valores de lo propio. Es aquí, y en medio de este contexto, donde Códices plantea un tema necesario de pensar y repensar: ¿qué es lo mexicano? ¿Quiénes somos y de dónde venimos?

La respuesta no puede más que ser parcial, pues es bien sabido que México es muchos méxicos, que hay una condición multicultural, pluriétnica que complejiza bastante abordar el tema desde una obra dancística. Quizá por ello el coreógrafo no busca darnos una visión cerrada, desde luego no busca agotar el tema, simplemente a partir de cuadros marca ciertos elementos que pintan lo que somos en general. El público tiene que generar su propia reflexión.

Pero no son cuadros, sino códices; no hay pintor sino un escriba. Ricardo Domingo, cual tlacuilo, abre el códice y lo va desdoblando ante nosotros. Así, en cada hoja del códice vemos momentos de nuestra historia, pasiones, encuentros, batallas. El transcurrir de este viejo libro es el transcurrir de los periodos históricos que nos han forjado: el mundo prehispánico, el novohispano, el México independiente y moderno. Este viaje nos lleva a los que somos hoy y lo que el coreógrafo rescata: el mestizaje.

El mestizaje es visto como potencia, como cualidad. Somos un conjunto de otros, de otras; hemos adoptado, asimilado ideas, cuerpos, sangre, sentimientos, culturas de otras, de otros. La otredad es condición fundamental de nuestro ser mexicano. La asimilación de lo nuevo, de lo externo. No es el mestizaje de Vasconcelos y su “raza cósmica” con su radicalidad, pero sí una capacidad de andar en el mundo globalizado, una llave. Repito, una potencia. También una esperanza. Históricamente somos mezcla; en el presente, con el vertiginoso intercambio de información y conocimiento, el saber tomar lo mejor de los demás es vital. Quizá no lo hemos logrado del todo, por eso hablo de mestizaje como esperanza. Reconocer esa capacidad que tenemos en la memoria profunda, en nuestros cuerpos, parecería querer decirnos/pedirnos el coreógrafo en Códices.

Esto lo hace muy visible en una parte donde nos damos cuenta que en las estaciones del metro y su simbología está presente nuestra historia: México prehispánico (Tlatelolco, Mixcoac…), novohispano (Basílica, Misterios, San Antonio…), independiente (Hidalgo, Allende…), de la Revolución (División del Norte, Zapata…), moderno (Terminal Aérea, Universidad, Auditorio…) sólo por mencionar algunas estaciones relacionadas con periodos históricos. Esto como un pequeño ejemplo (quizá centralista) donde se evidencia la intención de hacernos notar que en el presente está contenido nuestro pasado. Que somos parte de un proceso y algo tan cotidiano como un viaje en el metro (y una atenta lectura de sus estaciones) nos recuerda esa condición mestiza e histórica.

Hay también un par de elementos importantes que Códices apunta: el juego y la lucha. Estos dos elementos van apareciendo a lo largo de la obra: en el juego de pelota y sacrificio, en el cortejo y la fiesta colonial, así como en la representación de la lucha libre. En una entrevista, Ricardo Domingo nos dijo: “es una forma de mostrar cómo el mexicano lucha día a día. El seguir en esa lucha hará que este sea un mejor país” [pueden leerla completa aquí]. De ahí la importancia de la lucha simbólica y real para construir un mejor espacio para habitar.

Este discurso se va tejiendo desde el ballet contemporáneo, cuyo movimiento no cambia en el desarrollo de la obra; sin embargo, está bien soportado por un buen vestuario de Lucy Franco y Víctor Argote, escenografía de Mike Galván y visuales de Javier Ocampo, trabajos que hacen que la obra sea muy atractiva visualmente. La música de John M. Koenig logra buenas atmósferas y dialoga bien con los periodos, aunque en algunos momentos carece de matices y parece alejada del discurso corporal como en la escena de luchadores.

En Códices, el lugar común refuerza un imaginario. Es una obra que parece estar pensada también para públicos extranjeros, para girar en circuitos fuera de México.

Recuerden que la obra visitará varias ciudades del país. No pierdan la oportunidad de verla.

 

 

 

 

 

 

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