El nacimiento de una estrella en "La primera piedra", de Créssida Danza

Por Edén García en Cafe Müller
Tuesday, 11 October 2016 00:00

Mérida, Yucatán, 7 de octubre de 2016

 

Tuve la oportunidad de asistir al estreno de La primera piedra, obra del coreógrafo español Roberto Oliván creada para la compañía Créssida Danza Contemporánea, dirigida por la maestra Lourdes Luna. El estreno tuvo lugar en el Centro Cultural el Olimpo, ubicado frente a la Plaza Grande de la ciudad de Mérida, Yucatán.

Esta función fue especial pues me acompañaba un sujeto al que había conocido unas horas antes y quien entraba a ver su primera obra de danza contemporánea, sin imaginar lo que pasaría.

Entramos un poco tarde y no nos sorprendimos que el escenario ya estuviese iluminado y la música sonando; apenas tomamos asiento en las primeras filas del foro, cuando con micrófono en mano uno de los intérpretes nos sacó de nuestros lugares con la promesa-amenaza de bailar salsa en el escenario. Un par de japonesas y algunos incrédulos más subimos al escenario, emocionados y con mucha expectativa de lo que iba a suceder, no pasaron ni 30 segundos de una rola de Marc Antony cuando nos pidieron que regresáramos a nuestros lugares —con un tonito de siga participando—, menos mi amigo.

Una chica tomó su mano y lo llevó al centro del escenario. Sentados y dispuestos frente a frente, ella preguntó su nombre, él contestó. Desde nuestros asientos se percibía un dejo de nerviosismo en ambas partes, como cuando dos personas se ven a los ojos por primera vez.

Cruzaron un par de palabras en francés —lengua fonéticamente romántica por antonomasia—, gesto que vino a completar ese instante poético. Entre el público se escuchaban suspiros y risitas que reafirmaban el coqueteo del cual éramos testigos entre esos dos desconocidos. Confía en mí, le dijo ella. Y él confío…

La obra se desarrolló en múltiples sentidos que generaban imágenes que no se podían leer desde una narrativa lineal. Considero que en muchos  momentos de la obra los intérpretes construían un vínculo que seducía y destruía esa cuarta pared para hacernos aplaudir, sonreír e inclusive confundirnos con un final ficticio.

Asimismo, reconozco el atrevimiento del creador y los intérpretes para echarse un palomazo a capela en dos ocasiones durante la obra; sin ser un recurso antes utilizado es digno de reconocer cuando un bailarín levanta la voz, pues la voz también es cuerpo y por ende es necesario pensar la danza más allá de los cánones, por más conocidos y respetados que sean.

Es importante subrayar que la obra se teje con las experiencias de quienes la bailan, de quienes la escriben con su movimiento. Tuve una sensación agradable al escuchar la voz de Zuri (bailarín de Créssida) compartir una tarde hermosa en Bacalar en compañía de Paty (su ). Esa voz en off es un elemento que forma parte de la composición coreográfica en un momento clímax de la obra. En relación con el cuerpo, Roberto Oliván pone en manifiesto un vínculo que la humanidad posmoderna sostiene con el dispositivo tecnológico y que  genera a su vez una imagen del cuerpo a través de la cual nos percibimos en nuestras pantallas: en distintos momentos de la obra los intérpretes comunican ideas a través de pantallas que nos invitan a observar su propia cotidianidad. El lugar donde descansa el cuerpo.

Ahora bien…

Por otro lado —del lado de las butacas— me pareció un tanto triste entrar a un estreno con la sala a un tercio de su capacidad, tal vez menos. La ocasión anterior que entre al Olimpo a ver un espectáculo escénico, fue teatro y recuerdo que estaba lleno y el costo de la entrada era de $100, hoy fue danza y costaba $25. Sin entrar en dimes y diretes con discusiones que deben ser planteadas desde la colectividad dancística y del arte escénico en general, me limitaré a decir que hice mi buena acción del día. 

En conclusión, más allá de lo que he comentado, me es pertinente expresar que la obra fue buena en el sentido que generó en mi amigo la inquietud de probar en su cuerpo esto de la danza contemporánea. Pensar esta obra más allá de una valoración meramente estética, me limita al imaginar que el arte escénico tiene esta capacidad de tocar a quien lo ve y este chico fue tocado y llevado al escenario para convertir ese instante con esa chica, en un acontecimiento que jamás olvidará en su vida.

Hoy invite a un amigo a ver danza contemporánea y el que terminó bailando y bailado fue él. Al terminar la función me preguntaba “¿Para cuántos de los asistentes era su primer acercamiento a la danza y cuántos de ellos volverán a acercarse a ella? ¿Cuántos de ellos fueron ingenuamente traídos como él? ¿Y cuántos de ellos, a partir de esta experiencia, querrán probar las delicias de arrastrarse por el suelo?”

Al despedirnos de la banda afuera del teatro, todos coincidimos en que el momento más lindo de la obra fue ese cuadro entre el chico desconocido y la intérprete. Irónicamente, Manu Fagardo le dijo a mi compache: “Ha nacido una estrella”.

 

 

 

 

 

FOTOS: Rocío Arjona

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